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Salucita!

Salucita!

Si no me miras a los ojos son siete años de mal sexo

Han pasado trece primaveras en las que el alcohol me ha hecho ver las flores en colores más vivos y olerlas con más intensidad. En trece años ha sido evidente la evolución de ver la bebida primero como un juego hasta convertirse en un hábito.

Descubrimientos recientes dicen que el alcoholismo es un problema genético, que es hereditario. Si es así, tal vez tenga que atribuirlo a mi padre, pues a mi madre no la he visto usar el alcohol más que para hacer más dolorosas mis heridas. Mi ma, aparte de lo mucho que ha tenido que aguantar a mi pa, ha sido forzada a lidiar con una nueva generación de amantes del alcohol; mi hermano y yo. Engendros, traídos a un mundo en el que no son bienvenidos. Pequeños adultos que no encuentran su lugar donde los casilleros ya están predispuestos. Que utilizan sus vicios para suavizar el áspero camino.

Aunque se que la primera señal de un problema es la negación, no me considero alcohólico. Soy eso que en los perfiles de Internet llaman “Bebedores ocasionales” o “Social Drinker”; una clasificación especial para aquellos que creemos no estamos tan mal como lo que presenciamos en casa. La fruta que se apetece por su roja cáscara pero de interior podrido.

Mi primer contacto con el alcohol fue la cerveza, bebida de los dioses; aunque no creo los dioses tomen de la marca que yo probé. Como es común, mi primera reacción fue de desagrado. Era repugnante, el sabor amargo era insoportable. Pero aun así, lo bebí, como un mandato divino que no podía evitar. Con el tiempo el sabor pasó de ser desagradable a placentero y de ahí a satisfactorio. El alcohol dejó de de ser una obligación social y se hizo una necesidad física.

Mi primera borrachera grave fue con una combinación de vodka barato y jugo de naranja Tampico. El alcohol fue vaciado dentro del galón de plástico, combinado para tomarse justo del envase. Esa fue también la primera vez que desperté sin recordar que había ocurrido la noche anterior y la primera ocasión (y espero la última) en la que amanecí dentro de un bote de basura. Desde entonces no puedo probar el ácido sabor de los jugos Tampico o Tropicana, pues me dan malos recuerdos de esa noche. Uno aprende a golpes. Uno despierta a patadas.

De ahí, todo ha ido cuesta abajo. El alcohol ha sacado lo peor y mejor de mí. Me ha hecho declarar mi amor a mis amigos y mi repudio hacia todos los demás. Ha logrado dejar mi ego a un lado y a la vez creerme invencible. Me ha hecho llorar y reír, ceder y mandar, me da valor y me ahoga en la tristeza; ha dejado que mi disparidad de personalidad choque en público.

Brindo por el alcohol, por todo aquello que me ha hecho vivir y me ha ayudado a dejar atrás.

Esta nota fue escrita originalmente en Agosoto del 2009, estando en Madrid, sólo, en mi piso (como le llaman a los depas allá) después de botella y media de vino.