Me considero una persona bastante razonable; trato siempre de ver ambos lados de la moneda y ponerme en los zapatos de aquel que discute conmigo. Regularmente intento ser calmado y arreglar las situaciones de una manera pacífica. Cuando empiezas un debate conmigo verás que soy bastante flexible y hasta juguetón; siempre estoy dispuesto a tener una saludable discusión. Pero, ten cuidado, no me empujes muy lejos; todos tenemos nuestros límites. El calmado, razonable y mediador hombre con el que hablas puede convertirse en el mismísimo demonio si tus puntos son solo los chillidos de un testarudo, niño fresa que su mami todo se lo dio y cree que siempre tiene la razón. La noche de este sábado tuve dos encuentros distintos con dos de estas criaturas. Traté de resolver los problemas de una manera civilizada con ellos, pero nuestra discusión se transformó en un bárbaro escándalo en cuestión de segundos. Y es que, yo no tengo puntos intermedios, no hay una escala de grises en mis emociones, o estoy relajado o estoy sumamente alterado. El yo enojado usa palabras como dagas y las lanza sin piedad. Digo cosas de las que me arrepiento en el mismo momento del que salen de mi boca. Y no me importa que sea un toro con el que discuto, o un grupo de diez motociclistas… ni siquiera si es una mujer; yo te diré cosas horribles, te haré diminuto, tendrás pesadillas con mis palabras; atacaré tu autoestima, haré todo lo posible por humillarte. Se que debo aprender a controlarme, se que estoy mal… pero por lo pronto, no me lleves a ese límite por favor. Entiende que la estás cagando.
Breve nota: Si tu no tienes nada que ver con la discusión, te recomiendo hacerte a un lado cuando me vas así, pues seguro te toca algo a ti también.
