
¿Acaso soy ahora cool porque parezco en verdad uno de los monstruos?
Después de años de producción y meses de anticipación, la adaptación de Spike Jonze de “Where the Wild Things Are” al fin fue lanzada este fin de semana. Y tengo que admitir que cumplió con todo el “hype” que se creó por ella.
Basada en el libro ilustrativo de Maurice Sendak, esta película no fue una tarea fácil para Jonze. Primero, Sendak le pidió hacerla y Jonze la rechazó, luego pensó en una idea de cómo hacerla y la tomó. La empezaron a filmar y un estudio les negó producirla, se mudaron a otro estudio, continuaron haciéndola y este estudio entró en pánico cuando se dio cuenta que la película no contenía escenas de golpes en la entrepierna, pedos o canciones de Miley Cirus en ella. Hubo rumores de que el estudio iba a reemplazar a Jonze y rehacer toda la película. Pero por alguna razón, dejaron a Spike seguir trabajando… ¿se habrán dado cuenta de que el director sabía lo que hacía? Al último, quedó la versión original que quería (solo un verdadero cabrón hijo de puta logra esto).
La película es brutalmente honesta. Te transporta al mundo de un niño, visto desde sus ojos. Te hace recordar lo simple que era divertirse cuando eras un chamaco tirando cosas, corriendo como loco, inventando historias, creando fortalezas, caminando entre lava, haciendo monitos pelearse entre ellos. Al igual, te recuerda lo frágil de tus emociones a esa edad, lo mismo que te hace feliz te puede lastimar; tu madre que no te presta atención en el momento que quieres, el no sentirte aceptado por tu hermano, llevándote a la soledad donde sientes lástima por ti mismo, encaprichado. Carol, el monstruo principal de la manada de las cosas salvajes, es una versión del niño amplificada. Exige la atención de todos, es caprichoso, sus emociones cambian espontáneamente como una montaña rusa. De repente, te da terror el monstruo, pero no por sus cuernos sino por lo frágil de sus emociones, de cómo tienes que cuidar tus palabras y acciones a su lado… o ¡le sale el chamuco!
Spike Jonze creó una verdadera obra de arte. Una película de fantasía pero con una gran naturalidad; humana, real. Dejó a un lado todas las tonterías de las películas de Hollywood para niños que existen. No hay escenas de monstruos rapeando con gafas de sol, ni referencias a Matrix, ni niños tocando guitarras eléctricas, ni patinetas, ni monstruos mandándose mensajes de texto, ni chistes sobre pipi y popo. Al contrario, la película se ahorró todas esas estupideces y retrató con cruda belleza la imaginación y miedos de un niño.
Una de las principales razones por las que la película es tan real es que… bueno, fue filmada de verdad. A excepción de las caras de los monstruos, no hay CGI en todo el film, y la verdad que se te olvida que los rostros son falsos, se integran con naturalidad a la imagen. Los monstruos fueron hechos con botargas gigantes reales. Cuando vez al niño jugando con ellos, ves verdadera actuación, no un niño sobre una pantalla verde simulando lo que ve. Las reacciones, los movimientos, todo fluye perfectamente. Otra cualidad fue la escenografía. En vez de recurrir a fantásticas formas de crear un mundo por computadora, Jonze decidió filmar en Australia en dunas, costas y bosques existentes.
La historia, aunque sencilla, es emocionalmente compleja. Cada monstruo pareciera reflejar algún lado o parte de la vida de Max; sus dudas, su pasión, su inocencia, sus inquietudes, su soledad. Son descuidados, desordenados, están despeinados, son apasionados, juegan en fortalezas… están confundidos.
En conclusión, Jonze hizo una película que va a trascender. “Un clásico instantáneo” como suelen decir. Una historia sobre niños, no exactamente para niños. Bella, simple, honesta. Un homenaje a las emociones humanas más primitivas.